Distribuído Por El Proyecto Cuba Prensa Libre.
La Habana, 28 de enero de 1998, Cuba Press.
Fuera de la Estampita. Por Ernestina Rosell, Cuba Press.
Cuba es simiente de milagro por estos días: La Virgen de la Caridad, repite la gesta de la invasión; Jesucristo toma la Plaza de la Revolución; El Papa se convierte en la principal figura del país.
Después de casi 40 años (¡Por poco llega a medio siglo!), acontecen hechos excepcionales en el país que, por lo inesperados, han causado verdadera perplejidad, asombro, conmoción en toda esa gamma de microuniversos, de individualidades, que agrupamos como gente, ciudadanos, conterráneos, y que resumimos con la palabra...Pueblo.
Tal vez habría que experimentarlo personalmente para comprender en toda su magnitud, las consecuencias de la visita a Cuba del Papa Juan Pablo II.
Tal vez, además, se necesita haber sufrido durante tantos años la marginación a causa de la religiosidad en un país que desde 1961 se declaró socialista, donde el culto quedó reducido a los templos y donde ser creyente -- en el mejor de los casos -- significa un estigma, una exclusión de la sociedad.
Cuando la hondonada de fiches pidiendo la bendición para los cubanos, con la imagen del Papa abrazado a la Cruz de Cristo, apareció --sin temores-- en las fachadas caseras, fue como el símbolo inicial de la ruptura con las prohibiciones.
Y no demoró la cadena de sorpresas.
Después de cuatro décadas de cautiverio, en una especie de prisión domiciliaria en su santuario, la Virgen de la Caridad del Cobre --Patrona de Cuba-- salió airosa en procesión desde Oriente hasta Occidente, seguida por todo un Pueblo que le lanzaba flores, agitaba pañuelos blancos en el aire, y encendía velas a su paso.
Su humilde y paciente espera, unida a su perseverante labor consoladora, fue premiada con la coronación: La Reina Cautiva volvió a ser la Reina a Cielo abierto.
Como a una sola voz, la vibración de los Ave Marías y los Padre Nuestros al aire libre, inundó caminos y calles, se expandió por la tierra: "¡Tierra más linda que ojos humanos hayan visto!" Purificó la atmósfera cubana.
Una extraña sensación de irrealidad embargó a los niños y jóvenes de antes, cuando, con una mezcla de incredulidad y de regocijo en el rostro, volvimos a celebrar, más allá de la Iglesia y del hogar, la añorada Navidad, abolida hasta entonces, borrada oficialmente de las fases de la Isla.
El clima de esta reacción en cadena resulta de difícil descripción: Cada cubano recibió la Buena Nueva, en estreno universal, de boca del Cardenal Jaime Ortega --acompañado por la Virgen de la Caridad a su izquierda y de la fiche del Papa a su derecha-- a través de la televisión cubana, poderoso medio masivo de comunicación, cuya propiedad y uso son exclusivamente del gobierno.
Sin embargo, todos estos sucesos fueron impactos preliminares, antecedentes de la visita del Santo Padre.
El gran recibimiento que el pueblo cubano atributó al Papa no fue, precisamente, una muestra de civilización, sino una prueba de fe, una evidencia de que la inmensa mayoría de los cubanos es creyente --sea cual sea su tendencia--, pero que muchos, obligados por la política gubernamental, han tenido que ocultarlo o negarlo.
Tanto en el recibimiento, como en todas las misas oficiadas por el Papa, la asistencia fue espontánea, voluntaria. A nadie, como sucede en las celebraciones gubernamentales, controló su presencia el Comite de la Cuadra, el Sindicato del Partido. De ahí esa dulce y natural alegría en los rostros: Brotaba, fluía del alma y del espíritu.
Después de haber contemplado --casi en éxtasis por primera vez en todo una vida-- la inmensa valla del Sagrado Corazón de Jesús en la Plaza de la Revolucion capitalina --lugar reservado únicamente para las arengas y propósitos opuestos al Cristianismo-- se puede afirmar que la Cultura del Amor venció a la Cultura del Odio en mi país, aunque solo fuera por unos días.
Para quienes dudaban que sucedería algo en Cuba con la visita del Papa Juan Pablo II, estos acontecimientos anuncian que ya está sucediendo.
Nadie se deje engañar: Esto no ha sido obra de ningún gobernante; esto ha sido obra del Poder Divino. Solo que el gobierno cubano --como dice el refranero popular-- no quiso quedarse fuera de la estampita.
Por Ernestina Rosell, Cuba Press.
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