Desde Dentro de Cuba

Distribuído Por El Proyecto Cuba Prensa Libre.

La Habana, 28 de diciembre de 1997, Cuba Press.

Brevísima Historia de Una Mujer de Pelo Largo. Un Cuento Corto. Por Plácido Hernández Fuentes, Cuba Press.

La conocí una inusitada e inesperada noche inmemorable en el Copacabana cuando un amigo extranjero (a, milagro de extranjeros), vino a sacarme, extraerme, absorberme del marasmo de olvidos y añoranzas en el que me ha sumido una disidencia insobornable. Ella. Era una mujer de pelo largo. Increíblemente, vendía impostadas rosas importadas en el lobby del hotel de la siempre bien Avenida Primera --buena avenida una vez hace ya mucho tiempo en Miramar. Miramar. Mirar el mar (¿o el mal?), Allí, en el Copacabana, había muerto un poverísimo fratello italiano, joven rico empresario (R.I.P.), hacía unos días mediante el estallido de una carga de C-4, introducido clandestinamente en un país donde se descubren a más de cien millas barcos con o sin tripulación, a la deriva o no, cargados de cocaína y marijuana bobana ana.

Mi amigo istmeño (era istmeño mi amigo), había tenido a bien pedir u ordenar, casi rogar, dos mentiritas llamadas Cuba Libre, y las teníamos a medio consumir cuando llegó Ella, olor a rosas, ofertando unas rosas sin olor que de tan bellas parecían artificiales, falsas, otra mentira más, y una sonrisa que de tan falsa parecía hermosa. ¿No me compran unas rosas para sus compañeras? --dijo. (Juro por Dios que dijo "compañeras"). Y nosotros nos miramos, nos fusilamos, nos acribillamos con los ojos, para después mirar las enormes butacas de mimbre vacías a ambos lados de las nuestras, asientos de difuntas, y constatar, comprobar, corroborar, una verdad ineludible, una tangible realidad: La nada, la ausencia, la no existencia, el no y luego irnos, venirnos, masturbarnos, machacarnos en una sonrisa amenaza esbozo, prueba de galera de la risa. Y yo miraba el pelo largo. Aquellas cascadas de un insidioso pelo negro volviéndose espuma sobre las elevaciones gemelas y perfectas al final de su espalda, al sur de sus omoplatos, y me preguntaba yo receloso, siempre receloso, si no sería una peluca. Afer de ser sincero, debo decir que siempre supe que tenía la pelea perdida de antemano. Y por eso (quiero limpiar imágenes) fue a mí a quien se me ocurrió, no al panameño. Somos viudos, le dije y agregué, casi llorando, desgraciada, mortal y terriblemente viudos. Pero no me creyó, y los tres nos reímos más de lo que el chiste (si era chiste) merecía. (Hay vivos, y vivas, por supuesto, que después de vivos están más muertos todavía). Pero ella fue rápida, y audaz.. Pudieran llevarles las flores a las tumbas, pobrecitas, nos dijo, y me electrocutó. Volvimos a reir (o a sonreír, no lo recuerdo bien).

Y entonces fue todavía más audaz (o descarada), y, sin nadie invitarla, se sentó, creo que en la butaca de mi muerta. Mi amigo y yo nos miramos de nuevo y pude ver que el atrevimiento le había gustado (a, milagro de extranjeros). A mí, no. Me iba a pasmar. Lo estaba haciendo ya. Y decidí que era una mariposa de la noche y que venía a fastidiar mi reunión con Manuel, a quien no veía hacia cuatro años. Pero, como fresca que era ella y no lo eran sus rosas y ya lo había demostrado, dijo así, tranquilamente, como quien dice buenos días, sin transición siquiera, a punta de pistola, tengo sed; quiero una Coca- Cola. Coca-Cola, por Dios, y me miró, guaposa ella, para agregar, también sin transición, con asco casi: Tú eres cubano, ¿no? Tanto como puedes serlo tú, le respondí robándole su tono, pero sin cartelitos de for sale; ¿De qué?, repreguntó, pero como Manuel no se había disfuminado en el espacio y estaba allí sonriendo divertido, preferí no responderle (repito que sabía perdida la batalla de antemano...si es que alguna vez hubiera habido una batalla), y toda su atención (la de ella, desde luego) colocó a Oscar (y ya voy por Manuel Oscar) en su colimador.

Manuel Oscar, entre tanto, había llamado al camarero/barman --playboy--, quizás para satisfacer el deseo de la Sara Milyunanochesca Montiel Nochehabanera Bella. ¿Como te llamas?, le preguntó mi amigo, una vez que el dependiente se alejó luego de servirle a ella la soda en un vaso cuasi lleno de cubitos de hielo (viva cubo libre), y poco ron. Quién sabe si Habana Club o Salto de Tigre se intercambiara en tramos una miradita que no escapó a mis ojos de murciélago y que me hizo reafirmar para mis adentros (y mis afueras, ¿por qué no?) la idea aquella de mariposa de la noche. Para bobo, yo. Boboyo. Hasta me pareció percibir el batir de unas alas y sentir el polen que despedían sus patitas al posarse en mi camisa de ocasión.

Me llamo Caridad del Milagro, susurró ella como respuesta a la pregunta del istmeño (no isleño, no), sabedora de que decía un nombre rimbombante, como de culebrones de Caignet, y Manuel sonreía una vez más (puta madre, Manuel), pero yo, no. Yo no sonreí; yo me limite a decir (hijo de puta yo), mordaz, milagro que te llamases Caridad. Y ella me fulminó con la mirada (es cierto que se puede fulminar con la mirada). López, agregó, seguramente incómoda por un apellido tan vulgar, y sin mirarme. ¿Y tú? (A Manuel, claro está), una vez más sin transición. Digamos que Manuel le respondió (¿Mi amigo?) Así, Manuel, ¿sin apellidos?, cargó ella. Oscar, le dijo él, y ya para entonces se podía notar que el socio tenia el anzuelo, atravesado, atragantado en la región penicular. Yo me llamo David, dije por decir algo, y fue como si hubiera hablado con la ONU, porque nadie me hizo caso. Ni siquiera el camarero que llegó y cambió los ceniceros repletos de colillas de populares (las mías), y de Marlboros (las de él), y retiró los vasos vacíos (de los tres), y las latas de Coca (no de "coca"). Antes, muy en antes, ella había pedido con su lenguaje universal de mariposa, lenguaje mimical descascarado de reina de una noche, una cajetilla de cigarros que, milagrosamente como su propio nombre y sin haber pedido marca fue...de Partagás (oh, Partagás, cuantos milagros se cometen en tu nombre).

Así nos conocimos ella y yo aquella noche de septiembre en el Hotel Copacabana. Caridad del Milagro tenía 21 años (ahora tiene 22), y el pelo más largo, más negro, y más natural que yo haya visto con el doble de su edad (perdón, Carlitos Asnabol), el más sedoso, el más brillante, el cabello bello más bello que yo he be-llo, y un hijito (tan bello como su pelo be-llo). Ya no vende flores en el Copacabana. Y en ningún otro hotel. Ni siquiera en las calles. Ni bate sus alitas, por supuesto. Ni falta que le hace. Ya no es tampoco Carol (oh, Carol, como antes le gustaba ser llamada en los jardines que libaba). En fin, para hablar claro, que ya no es puta (o jinetera). Ese maravilloso, increíble, imperdonable, ofensivo calificativo, apelativo del cubano. No, señor. Ahora es la esposa de mi ¿amigo? Del istmo. Una (amante) esposa que espera impacientemente a que termine los trámites migratorios y el tiempo establecido para poder viajar a ese país que ha sido invadido varias veces por los malos de la película con su hijito pionero y volverse panameña en ocho días. Mientras Caridad del Milagro Penelopez (perdón), deje su sueño (Homero), o los enrede en torno a lo que hará Milagro del Milagro cuando llegue y se establezca en el maravilloso apartamento dieciochopiseño que el dichoso Manuel Oscar ha comprado para ella.

Ya no es la misma, no. Y no solo porque no venda flores impostadas importadas (dice que de Ecuador, válgame Guayasamin y válgame Dios y la Virgen de la Caridad del Cobre o del Milagro), en ningún lobby de ningún hotel de esta querida y miserable habana que debería caerse a pedazos de desvergüenza y de desidia. Caridad del Milagro no es la misma porque ha logrado sus sueños de una noche de verano (perdón, Shakespeare), o parte de ellos, y habla y se mueve entusiasmada de una forma distinta, diferente, mientras canta sus planes para cuando llegue a la tierra prometida del poeta Miró y del General Omar Torrijos.

Solo su pelo no ha cambiado. Ni su hijo, que sigue siendo insoportablemente bello, bello (perdón, viejo Enmanuel). Y que el pelo de Caridad del Milagro no haya cambiado y siga teniéndolo igual de largo, y negro, y brilloso y sedoso, pelo bello (be-llo), puedo decirlo yo, que lo sé porque se lo acaricio, lo riego sobre mi pecho miserable, mi miserable sexo, mi miserable vida misma, mientras la oigo hablar sin escucharla desde lejos, muy lejos, autocondenado a mi ostracismo, mientras la escucho sin oírla hablar de la ciudad de Panamá y de su apartamento en la ciudad de Panamá, y de lo que hará y dejará de hacer una vez que llegue a la ciudad de Panamá y esté junto a su esposo (¿mi amigo?) panameño, con su sombrero ídem, y gestiona mi salida...mi visa para reunirme allá con ella, y largarme con mis cuentos y mis poemas disidentes, mi ostracismo real, y mi música al carajo o a otra parte...

La Habana, Diciembre de 1997. Plácido Hernández Fuentes.


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