Distribuído Por El Proyecto Cuba Prensa Libre.
La Habana, 17 de diciembre de 1997, Cuba Press.
La Habana Difunta Para un Infante Premiado. Por Tania Quintero de Cuba Press.
Desde su creación, España ha otorgado el Premio Cervantes a tres cubanos. Al novelista Alejo Carpentier, militante del Partido Comunista que es residente en París; a la poeta Dulce María Loinaz, fallecida en 1997 y autoexiliada en su mansión habanera desde que triunfo la revolución; y ahora lo acaba de recibir el escritor Guillermo Cabrera Infante, quien hace 30 años decidió echar raíces en Londres.
Entre 1959 y 1961 debo haber visto alguna vez a Cabrera Infante, porque en esa época el periódico "Revolución", dirigido por Carlos Franqui, quedaba en la misma cuadra de las oficinas del Comité Nacional del Partido Socialista Popular donde yo laboraba como mecanógrafa.
Si me tropecé o no con el gibareño ilustre no importa, porque lo que quiero rememorar en esta crónica es que ya en la esquina de Oquendo y Carlos Tercero hace tiempo no existe el cafetín que allí había y donde políticos, periodistas y linotipistas iban a tomar café.
A dos cuadras, en Oquendo y Peregrinos, detrás de la antigua empresa eléctrica, todavía está en pie la cafetería --entonces moderna-- donde uno se podía tomar la mejor limonada frapé de La Habana. Pero hace años que en su oferta, con suerte, se encuentran croquetas de "averigua qué", hamburguesas de masa cárnica (también para averiguar sus componentes), y refrescos de fresa, antes llamados "guachipupa", y ahora "caricia", nombre de una marca de refrescos instantáneos hechos en Chile, los más vendidos desde que en el monedero, junto al peso, nos hemos vistos precisados a guardar dólares.
En Reina y Belascoaín, antes de llegar a la iglesia y frente a la Casa de los Tres Kilos --hoy "shopping Yumurí"-- había otro cafetín similar al lado del periódico "Revolución", donde Cabrera Infante era periodista. A este cafetín era al que yo solía ir con mi padre y algún otro empleado del PSP a tomar café con leche y tostadas con mantequilla, que si la memoria no me falla, costaba diez centavos la combinación. Te echaban la leche humeante, y el café acabado de colar, a gusto: "mas claro o mas oscuro". No era una taza de las tradicionales, sino una jarra de cristal que nunca mas he vuelto a ver. Desapareció como han desaparecido tantas cosas en nuestra vida. Para nunca mas volver.
El café con leche siempre fue para los habaneros como el té para los ingleses, con la diferencia de que se tomaba a cualquier hora.
Ahora es un lujo. En la misma cuadra del cafetín de mis cafés con leche adolescentes, por la Calle Belascoaín, había un pequeño comercio donde el mas nostálgico de los provincianos podía adquirir dulces típicos de su región. Había queques, casabe, pru oriental, cacao en bolas, cucuruchos de Baracoa, raspaduras, guayaba en barras, mermelada o casquitos, turrón de maní, boniato, tamarindo en pulpa azucarado, queso blanco de jicotea, cremitas de leche de Cascorro, coquitos blancos, prietos y acaramelados, miel de abeja de la tierra... Golosinas todas hoy muy difíciles de encontrar y que las nuevas generaciones ni conocen: Para ellas lo mismo son los chicles, los chocolates Nestle, los chupa-chupa, y las laticas de refrescos, todos productos importados.
Si uno tenia un peso sobrante en el bolsillo, caminaba varias cuadras, como en busca del mar. Y en Zanja y Belascoaín, casi al lado de la funeraria, se podía dar un banquete. En el bar/cafetería "OK" preparaban los mejores sandwiches de la ciudad, que se acompañaban con una botella de malta. Cerca quedaba el barrio chino, cuando era chino de verdad y no el simulacro que es ahora.
Un poco mas lejos estaba la plaza, un verdadero mercado, abierto las 24 horas. En las cuatro esquinas de Cuatro Caminos había lugares para tomarse un trago, comer, o simplemente echar un níquel en la vitrola y al compás de un bolerón enamorar o descargar entre amigos. Igual ocurría varias cuadras hacia arriba, en la Esquina de Tejas, con las vidrieras quincallas, ofreciendo servicio de lunes a domingo. En el centro de La Habana, en Neptuno y Consulado, se tomaban inmejorables batidos de frutas, sobretodo de anón, fruta casi desaparecida de la dietética nacional. En el Café Raúl, o por los bares de la playa de Marianao. En todas partes había vida, de día o de noche. Por la playa de Marianao deambulaba un percusionista negro que en cualquier pared ponía con tisa su nombre: "Chori". Cuando el tocaba los cueros, la montaña rusa del Coney Island, el mejor parque de diversiones del país, se movía sola.
La Calle Monte, famosa por sus comercios de precios populares, es como una ramera travestida, con tiendas por divisas enrejadas en medio de una zona poblada de marginales. Los alrededores del Parque Central, con sus estatuas de apóstol y la peña de aficionados que diariamente discute de béisbol, se ha ido quedando para turistas. Donde una vez se levanto El Encanto, la tienda mas elegante de La Habana, ahora hay un parque que atrae por igual a buscavidas y homosexuales, todos de la clase E (empobrecida).
De los cines, ni hablar. Apenas quedan en pie los que cada año son utilizados como sede de los festivales de cine latinoamericanos.
Por Tania Quintero de Cuba Press.
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