Distribuído Por El Proyecto Cuba Prensa Libre.
La Habana, 3 de diciembre de 1997, Cuba Press.
De los Pillos y el Pillaje. Por Ariel Tapia, Cuba Press.
Los pillos siempre han campeado por su respeto en Cuba. Este país es una galería de clásicos del pillaje desde que los primero colonizadores españoles desembarcaron y comenzaron el trueque de crucifijos baratos por oro. Son famosas también las incursiones piratescas en la isla, llevadas a su máxima expresión por el gran pillo francés, Ges Desores, cuyo paso por la Habana solo pudo compararse a los efectos de un tifón asiático.
Pero esos son los grandes truhanes que aparecen en las crónicas de antaño y en los magazines turísticos. Cuba, en 1997, tiene otra historia que contar. Ahora mismo andan por nuestras calles, por nuestros campos y ciudades, un montón de pillos tratando de embaucar a otros que en el fondo también tienen sus pecadillos escondidos. Y es que para ganarse la vida en estos momentos, todo vale.
Pongamos un simple ejemplo: Si vas a viajar al interior del país sin haber reservado un pasaje con 30 días de anticipación, por una cuestión personal que debes resolver lo más pronto posible, entonces sabes que tienes que enfrentarse a algún pillo. Pero, como estás tan apurado, el riesgo vale la pena correrlo. Por fin saliste de La Habana, llegaste a Camagüey (que es tu destino). Resolviste tus asuntos y estás dispuesto a regresar cuanto antes a casa. Te presentas en la terminal de ómnibus a las 7 de la noche para tener tiempo de conseguir con algún socio el boleto de vuelta, pues la guagua parte a las 9 y 40 de la noche. El socio te busca a otro socio, que es el que te va a facilitar el pasaje por $80 pesos. El único problema es que la reservación está a nombre del socio, pero esto puede resolverse con la jeba de éste que trabaja en la oficina del chequeo de pasajes. Lo cual quiere decir que tocándola con algo, ella puede pasar por alto la contradicción que existe entre el nombre que figura en el boleto y tu nombre (tienes que enseñar el carnet de identidad).
A las 9 y 30 de la noche, el servicio de información anuncia que el ómnibus #536 de las 9 y 40 pasado meridiano con destino a La Habana, no podrá salir a la hora indicada por desperfectos técnicos...le rogamos a nuestros usuarios que nos disculpen por las molestias que esta situación pueda ocasionar. Ves como las caras de las gentes que esperan van tomando una expresión de pesimismo, y finalmente de resignación. Vuelves a ver al socio para decirle que no se vaya y te deje embarcado. El te dice que no hay problema, que él espera todo el tiempo que haga falta porque esa es su pincha. Te sientas a descansar en uno de los rígidos butacones de la terminal, y a tus oídos llega la transmisión del juego de pelota entre Camagüey y Guantánamo, sintonizado en el radio portátil de un viejo que está sentado a tu lado. A veces los narradores de Radio Cadena Agramonte venden información de los restantes juegos y entonces puedes enterarte de que tu equipo, Industriales, está perdiendo su juego allá en la capital.
Cuando tu reloj está a punto de marcar las 12 de la noche, la amplificación local informa que el ómnibus #536 del turno 9 y 40 p.m. con destino a La Habana, ya se encuentra en perfectas condiciones y su salida será en un instante. Los pasajeros que chequearon sus reservaciones anteriormente ya pueden pasar por la caja para pagar nuestros servicios. Les deseamos un feliz viaje.
El socio te entrega el paisaje. Le das sus $80 pesos y te diriges a la puerta de salida para montarte en la guagua. En la puerta hay un nuevo chequeador, porque en el tiempo en que permaneció roto el ómnibus hubo un cambio de turno y la jeba del socio se marchó. Ahora está Manteca, el jefe de turno más temido de todas las terminales en la zona. Manteca te pide el carnet de identidad y el pasaje para hacerte el último chequeo. Luego de percatarse de que los nombres no coinciden, te vira para atrás y te dice que no puedes viajar. Te justificas respondiendo que por problemas de trabajo no pudiste reservar con tu nombre y que tu primo lo hizo por tí. Pero Manteca replica que los pasajes son intransferibles y que no hay remedio.
Desesperado, te metes en el baño y sales por una ventana que da a la calle donde está estacionada la guagua. Rápidamente subes las escaleras del ómnibus y te sientas en el asiento número 33 que es el que está marcado en tu boletín. Pero Manteca sospecha de ti y aborda la guagua, y nuevamente te pide el carnet de identidad y el pasaje para verificar. Te dice que tienes que bajarte porque el pasaje no es tuyo. Te molestas y comienzas a discutir con Manteca que amenaza con traer a la policía si no cumples sus órdenes. Como sabes que legalmente no tienes razón, te bajas de la guagua. Tienes suerte de que el socio que te vendió el boleto esté todavía en su pincha, y le devuelves el pasaje frustrado y él te devuelve tu dinero.
Realmente, las cosas te han ido mal. Pero tienes que seguir luchando. No te puedes dar por vencido. La próxima guagua que va para la Habana sale a la 7 de la mañana y aún son las 12 y media. Hablas con otro socio taxista que habías conocido a tu llegada a Camagüey y le planteas tu problema. Por suerte, el socio es socio de Manteca, el jefe de turno. El socio te aconseja que no hables con nadie de tu problema que él te va a conseguir el pasaje con Manteca que es el que más dice en la terminal camagüeyana.
Vas a la cafetería, comes algo, tomas café, y compras una cajetilla de cigarros. La madrugada va a ser larga y tienes que luchar contra el sueño, porque si te quedas dormido puede venir algún ladronzuelo nocturno para robarte tu maletín. En Camagüey no sabes, pero en La Habana te quitan los zapatos, el reloj, y a veces hasta los pantalones y la camisa. Y aunque te des cuenta de todo tienes que fingir que sigues durmiendo o de lo contrario te cae encima tremenda paliza.
Te entretienes observando las fotos del mural de la terminal, las cuales testimonian la inauguración del sitio por el comandante en jefe. En una de ellas aparece un personaje de baja estatura, bastante grueso, y con un bigote de estilo candado, que te parece conocido. Está a la diestra de Fidel. Después de observar la foto detenidamente no te queda la menor duda acerca de la identidad del hombre. Es Manteca, el jefe de turno. De pronto sientes una mano que te toca el hombro y te pones en posición de combate. Te habías dormido y el socio es el que te había despertado para entregarte el pasaje. Esta vez está a tu nombre, de modo que no existirán problemas. Le das al socio sus $20 pesos y aparte los $80 de Manteca, que en definitiva lo que quería era quedarse con tu dinero.
Antes de montarte en la guagua, presa un tumulto de gente entre el cual sobresale la figura de Manteca, quien discute con un anciano que reclama su pasaje. El viejo tiene el rostro enrojecido de la ira, alzando su mano con el boletín y gritando que su asiento es el número 2. Manteca le responde que en el registro de pasajeros no aparece tal nombre, y por lo tanto, la reservación no es válida. Te alejas del grupo y te montas en el ómnibus que va a salir en minutos. Cansado, te dejas caer en tu asiento, el número 2.
Nueve horas después llegas a la terminal de ómnibus de La Habana y lo primero que haces es comprar un periódico a un precio cinco veces superior al oficial, y te alegras cuando lees la información en la pagina deportiva de que Industriales, el equipo de pelota del cual eres partidario, ganó en el noveno inning cuando solo faltaba un out para que concluyera el juego.
Por Ariel Tapia, Cuba Press.
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