Distribuído Por El Proyecto Cuba Prensa Libre.
La Habana, 12 de noviembre de 1997, Cuba Free Press
El Camello en la Jungla de Asfalto. Por Ernestina Rosell, Cuba Free Press
Si usted nunca se ha montado en un camello, no ha sometido a una dura prueba su fortaleza espiritual y física, su equilibrio interno y externo.
Por supuesto, no me refiero al cuadrúpedo rumiante de dos jorobas que abunda en las olas desérticas de los países árabes. No, de algo que existe aquí, en Cuba, la isla caribeña del continente americano. Se trata de ese artefacto en el cual se suda más --casi hasta deshidratarse- - que en el mismísimo Desierto de Sahara. De esa mole semejante a un camión rastra que, en lugar de animales, transporta a personas como si fueran animales dentro de una cubierta metálica cuyos extremos sobresalen del centro, cual dos jorobas de un camello original (de ahí que el pueblo lo denomine como el exótico cuadrúpedo inexistente en nuestra patria), y que se pasea por las calles habaneras sembrando el terror en ciclistas, motociclistas, choferes de todo tipo de carros, peatones, y, sobretodo, en quienes están obligados a transportarse en él, esporádica o cotidianamente.
Un pasajero de este "camello tropical" criollo y rellollo, tiene el reto permanente de demostrar y mantener su capacidad de maniobra desde que sube hasta que baja para desplazarse de joroba a joroba entre la trabazón de gente que empuja, grita, pisa, ofende, aplasta, comprime, discute, golpea, apesta...
Sin embargo, este engendro de transporte urbano es la delicia de los "jamoneros", pues les proporciona la magnífica oportunidad de satisfacer sus atrofiados deseos sexuales entre tanto forcejeo, aturdimiento, y apretazón.
Por todo lo narrado hasta aquí, el pueblo cubano relaciona al camello con los letreros que anteceden a ciertas películas advirtiendo que estas contienen lenguaje de adultos, violencia, y sexo.
También existe otro tipo de sujeto adicto, fanático, adherido como rémora a la bestia móvil- metálica. El susodicho se desliza con asombrosa destreza entre los apolismados pasajeros, rajando bolsos femeninos en busca de monederos y extrayendo con habilidosos dedos las billeteras de los bolsillos masculinos: El carterista. En comparación con él, "Rafles, el ladrón de las manos de seda", no era más que un novato pretencioso.
Más Padeceres.
Dado su gran peso y volumen, la gente culpa al camello de la destrucción de las calles capitalinas. Sobre todo cuando cojo esos baches que parecen cráteres (esto es casi continuo), provocando tales saltos en los pasajeros que el propio Sotomayor envidiaría.
Como soy amante de la justicia, debo aclarar que esa acusación es falsa, pues los baches hace treinta y tantos años que están en las vías citadinas. Realmente, si se utilizaran amortiguadores y se arreglaran las calles tendríamos una mortificación menos.
Otro efecto pernicioso de este monstruo de la jungla de asfalto es su claxon --si es que puede llamársele así-- pues retumba, sobresalta, estremece, aturde, inquieta, atormenta, altera, perturba, violenta, amaga, molesta, y sobretodo, ensordece. El mugido de una manada de camellos originales sonaría como un susurro en nuestros oídos después de haber escuchado el claxonazo del farsante cubano.
La población se queja además de las vibraciones y el batuqueo a que es sometida durante el viaje y de la mojazon que se arma adentro cuando llueve. Sin embargo, no es posible hacer ninguna reclamación porque nadie ha podido aún precisar quien diablo inventó este último y exclusivo modelo de la producción revolucionaria y socialista. Se presume que se trata de alguien que no utiliza nunca el transporte colectivo.
De la cola para abordarlo, ni hablar: "La cola en sí" es un mal generalizado de la sociedad cubana, semejante a la llamada "enfermedad larga y penosa" a la cual hay que resignarse.
A pesar de los pesares, cuando usted observa la cola del camello, no la del animal, la del armatoste de dieciocho ruedas, vé que todos los rostros y las miradas se enfilan con esperanza e inquietud hacia el horizonte asfáltico por donde ha de aparecer el monstruo. Desgraciadamente no hay alternativa mas eficáz por el momento. El camello es lo que más "resuelve".
Lo Peor de lo Peor.
Es evidente que la versión cubana del camello saca a flote, estimula y preserva lo peor de lo humano. Esto es lo más preocupante. Por lo tanto, deduzco que el verdadero camello, al original, al cuadrúpedo rumiante de dos jorobas, deambulador de los desiertos, en nada le gustaría ver su nombre asociado al despreciable tareco de transportación urbana.
Las sociedades protectoras de animales debían hacer algo por los derechos del camello en este sentido. Por mi parte, voy a consultar un abogado para saber si desde el punto de vista jurídico se consideran violaciones tantos padeceres cotidianos.
La Extraña Añoranza.
Arribo al final de estas líneas --por rememorarlo-- como cuando llego a mi hogar tras sufrir los embates del camello cubano: Con deseo de retirarme a los lejanos, solitarios, y silenciosos desiertos para pasearlos relajadamente en la grata compañía del majestuoso, elegante, servicial, manso, lento, natural y verdadero camello.
Por Ernestina Rosell, Cuba Free Press
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