Desde dentro de Cuba

Distribuido por El Proyecto Cuba Prensa Libre

1 de julio de 1997

En Busca del Mundo Perdido - por Orlando Fondevila - APIC, 07/01/97.

        Los cubanos teniamos nuestro mundo.  Un mundo simple y hermoso que amabamos
intensa e ingenuamente porque eramos un pueblo niņo, avispado, alegre,
rebelde y confiado.  Nino.  En ese mundo estaba nuestra admiracion por los
Estados Unidos, motivada por nuestra relacion historica privilegiada con el
gigante de la economia, la tecnologia, y el comfort.   Estaba America Latina
a la cual nos unia radicales lazos culturales sobre todo idiomaticos.  No
toda la America Latina:  Mejico, Argentina, Santo Domingo, Venezuela, y
Puerto Rico configuraban nuestro amor latinoamericano.  Y estaba Europa. Este
radiante centro de cultura e ideas que era y es Europa.  Espaņa, Francia e
Italia eran nuestra entraņable Europa.  No habia un solo cubano medianamente
ilustrado que no sonara con un periplo por algunos de estos paises.  Hasta
aqui el mundo que teniamos y queriamos.  Lo demas era el resto del mundo.

        En 1959 sobrevino el gran derrumbe iconoclasta y nos cambiaron el mundo, o
pretendieron cambiarnos.  De pronto, sin saber como, nos vimos inmersos en el
mundo sovietico y en el llamado tercer mundo.  Nos sovietizaron y
tercermundizaron, al menos, en la cultura oficial.  Aunque las entraņas, por
fortuna, permanecieron adormecidamente fieles a su identidad.  El nuevo
alborozo fue superficial, cual manifestacion era de nuestra precocidad
infantil -- esa precocidad que tuvo de buenas permitirnos soltar en nuestro
breve tiempo republicano la punta de America Latina, y que tuvo de malas, su
inmadurez.   Pueblo niņo, precoz e inmaduro, queriamos ver.  Por eso nos
engolosinaron con la promesa de los grandes juguetes radiantemente heroicos y
romanticos que nos sentarian en el ombligo del mundo.  Pobre pueblo, niņo
precoz.  Nada menos que de pronto eramos el pueblo elegido, vibrante portador
de la buena noticia para la salvacion de America Latina, Africa y Asia.
 Jugamos por algunos aņos el juego de los grandes que para nosotros era el
juego de las golosinas y, por supuesto, perdimos.  Y casi de milagro no
perdimos completamente nuestra identidad.  Hoy, es un empeņo delirante
persistir en un juego que, gracias a Dios, ha terminado.

        Hoy no existe alternativa sensata a despertar nuestra dormida identidad.
 Tal vez ahora con algunas ganancias en nuestra madurez, volvamos a nuestro
mundo perdido.  Lo peligroso es que no somos amos del tiempo.


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